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Reseñas de Libros
"PEDOFILIA PEDOFILIAS"
COSIMO SCHINAIA
APM- El Duende, Madrid, 2011.
Este libro es un interesante, exhaustivo y riguroso estudio sobre la pedofilia que, partiendo de un enfoque multidisciplinar y de una aproximación multifactorial, trata de integrar, dialectizar y poner a dialogar diversas teorizaciones psicoanalíticas sobre esta problemática con la contribución que diferentes disciplinas como la sociología, la mitología, la historia, la literatura y la psiquiatría han aportado al estudio de la pedofilia.
Como dice Luis Martín Cabré en su Introducción "es un libro en el que no sobra ni un solo párrafo, en el que parecería que hubiera podido incluirse todos los grandes asuntos que rodean esta inquietante modalidad psicopatológica", permitiendo, de este modo, iluminar la oscuridad que el sello de lo siniestro impone a este cuadro clínico, quizá por ello también tan difícil de abordar y pensar.
Me parece relevante el comenzar esta reseña por el capítulo final del libro (capítulo once) titulado "el grupo de trabajo" porque en él Cosimo Schinaia y Luisella Peretti no sólo recogen muchas de las cuestiones planteadas a lo largo del libro, sino que aportan un modelo de trabajo grupal para poder abordar, trabajar y pensar esta problemática. Desde esta perspectiva, "el grupo de trabajo" nos va a permitir re-pensar y resignificar muchas de las cuestiones y planteamientos desarrollados a lo largo de los anteriores capítulos, a la luz del efecto que el abordaje del material clínico de dos pacientes pedófilos produjo en un grupo de trabajo sobre esta problemática. En el grupo que supervisaba el material clínico se pudo observar cómo el tipo de ansiedades, fantasmas y comportamientos manifestados en el grupo estaban altamente relacionados con el objeto de estudio en general, y con la singularidad psíquica de los pacientes que se presentaban, en particular. Paralelamente, también se pudo vivenciar cómo la covisión grupal permite iluminar conjuntamente parte de las causas de nuestra evitación fóbica al contacto real con los pedófilos, evitación que se apoyaría tanto en nuestra fuerte identificación con el niño como víctima, como en nuestra propia dificultad para aceptar la ambivalencia de sentimientos que los niños generan en nosotros como adultos. Al mismo tiempo, se puede afirmar que este tipo de experiencia de trabajo grupal también contribuye a discriminar más claramente lo que formaría parte de las aptitudes de comprensión y de las capacidades de tolerar a estos pacientes en consulta por parte del terapeuta, en cuanto a la no justificación y rechazo de sus actos. En este orden de cosas, la experiencia grupal generada por la supervisión de diferentes pacientes también nos permite vislumbrar los diferentes niveles de severidad de esta psicopatología que, unidos a la experiencia del analista que toma en tratamiento a un paciente de estas características, junto a su capacidad de contención y elaboración de los sentimientos generados en la relación transfero-contratransferencial, nos permite plantearnos la cuestión de la analizabilidad de este tipo de pacientes. Por otra parte, todo ello también nos permite enfrentarnos al problema de la limitación de las capacidades de contención del terapeuta a la hora de tomar en análisis a estos pacientes. Por este motivo, quisiera resaltar no sólo la importancia de poder pensar con otro/s a este tipo de pacientes para poder abordar y elaborar las ansiedades que nos generan y evitar su actuación, sino la advertencia que Cosimo Schinaia nos hace en cuanto a considerar como conditio sine qua non la presencia de un supervisor y la protección de un grupo de trabajo como referencia para nuestro trabajo con este tipo de pacientes tan difícilmente tratables.
En relación con todo lo dicho, se plantea también la importancia de atender a la individualidad de estos pacientes y de no adscribir la etiopatogénesis de la pedofilia a un sólo tipo de factores o causas, sino de tomar distintos factores en consideración de acuerdo a la singularidad de cada caso. Por este motivo, Cosimo Schinaia nos muestra a través de material clínico (tomado tanto del campo de la psiquiatría como del psicoanálisis) y a través del material de ficción que nos brinda la literatura sobre el tema (tal y como lo desarrollan en profundidad Paolo F. Peloso, Cosimo Schinaia y Gisepina Tabò en el capítulo siete de este libro), las diferentes situaciones clínicas en que la pedofilia se manifiesta, junto a la diversidad de estados y organizaciones mentales que la sostienen. En todo este contexto, y a través de la exposición y profundización en dos casos clínicos (el segundo escrito en colaboración con Luisa Pereti), Cosimo Schinaia plantea la diferencia entre la perversión y la perversidad dentro del cuadro clínico de la pedofilia. Esta distinción se basa no sólo en el mayor o menor nivel de severidad o malignidad del cuadro clínico y en sus mayores o menores potencialidades terapéuticas, sino también en función de las diferencias en las organizaciones mentales de estos pacientes y en las diversas dinámicas transfero-contratransferenciales. Estas diferentes dinámicas se muestran a través de la exposición de los dos casos clínicos que ocupan los capítulos nueve y diez de este libro titulados "un caso de perversión pedófila" y "un caso de perversidad pedófila" respectivamente, así como a través de la respuesta emocional del grupo de trabajo que supervisó los posteriores casos clínicos presentados a lo largo del capitulo once.
Dentro de esta línea de trabajo relativa la diferenciación entre la perversión y la perversidad en la pedofilia, me parece interesante sintetizar algunas de las conclusiones metapsicológicas que se recogen a lo largo del capítulo seis que lleva por título "psicoanálisis y pedofilia" en lo referente a esta diferencia conceptual. Partiendo de las aportaciones de distintos psicoanalistas (entre ellos: Meltzer, Balier, Kenberg y Gabbard) Cosimo Schinaia postula que "la perversidad sexual estaría muy cercana a la psicosis y debería ser considerada como una forma de pura violencia que lleva al aniquilamiento del otro en beneficio de una apropiación narcisista". De esta manera, "la perversidad sexual implica un proceso de negación del objeto y de la subjetividad del otro" que estaría al servicio de un narcisismo de carácter maligno, cuyos determinantes inconscientes (según lo piensan algunos autores como Gabbard) estarían, tal y como lo muestran algunos casos extremos, estrechamente ligados a las dinámicas del sadismo que gozarían con el daño y el sojuzgar ajeno. En relación con todo esto, la perversidad daría cuenta de una ruptura del Self con la consiguiente pérdida de la capacidad de pensar y simbolizar, unida al desvanecimiento o a la ausencia del sentimiento de culpa. Sin embargo, y en contraposición a lo dicho, en algunos de los casos clínicos que se cree que responden a una perversión pedófila se podría hablar más que de una desaparición de la culpa -como ocurre en la perversidad- de una desviación del sentimiento de culpa que, pudiendo ser intenso, permanecería tapado o enterrado a través de diversas modalidades defensivas. Desde esta perspectiva, C. Schinaia concuerda con Kenberg al pensar que la sintomatología perversa adquiere diversas modalidades expresivas con diferentes defensas según forme parte de una organización neurótica, borderline o psicótica, con diversas consecuencias desde el punto de vista del tratamiento terapéutico. Es por ello que nos podemos encontrar con diversos niveles y tipos de perversión dentro de los cuales la capacidad de representación, aunque reducida, estuviera preservada (aunque parcialmente).
De acuerdo con esta perspectiva, se puede definir la perversión en función de dos modalidades defensivas diferentes. En primer lugar podemos pensar la perversión -tal y como lo plantea Freud en su ensayo sobre "El Fetichismo"- como una modalidad de defensa frente a la angustia de castración, pero también la podemos vislumbrar (desde un segundo tipo de modalidad defensiva) como una defensa frente a la angustia de pérdida de objeto, considerando que en ambas modalidades defensivas el sujeto aun es capaz de elaborar y diversificar. De acuerdo a C. Schinaia también nos podemos encontrar con que: "Los momentos perversos de fetichistas, masoquistas, exhibicionistas y voyeurs les permiten integrar de este modo la violencia, limitarla y prevenir su desborde. La pornografía, generalmente rodeada de imágenes sádicas, puede también tener la función de ser una defensa contra la puesta en acto de fantasmas homicidas". Sin embargo, en casos serios, nuestro autor también nos advierte de que lo contrario también puede ocurrir cuando según él: "existe una perversión de la propia perversión sexual en el sentido freudiano del término, que corresponde a la inversión de la organización psíquica". Desde esta perspectiva, el escenario perverso no sólo no facilitaría la integración de un tipo de violencia destructiva, sino que estaría al servicio de la violencia misma.
En este orden de cosas, C. Schinaia también se pregunta a lo largo del primer capítulo por los factores sociales y culturales que pueden incidir en la pedofilia. De este modo, concluye que los medios de comunicación pueden tener también una influencia en la creación e inducción de escenarios perversos que impedirían el mejor desarrollo de la capacidad para discriminar fantasía y realidad, así como en la transmisión de una especie de imperativo categórico de orden social que preconizaría el "gozar sin límites".
Conjuntamente, me parece de gran interés el detenido estudio de C. Schinaia, Clara Pitto y Franca Pezzoni expuesto a lo largo de los capítulos dos y tres de este libro en relación a las aportaciones que tanto los mitos como los cuentos de hadas han aportado al estudio de la fantasía inconsciente en la pedofilia. Los autores, a lo largo de su riguroso estudio, parten de la base de que estas narraciones contienen tanto los fantasmas de los adultos hacia los niños como de los niños hacia los adultos, pudiendo llegar a existir una relación de complementariedad entre ambos fantasmas. Estos autores mencionados, partiendo de los postulados de Rascovsky en relación a las tendencias filicidas inconscientes de los hombres, y de los de Denis y Ribas sobre "El complejo de Laio" al que consideran fundante de la vida psíquica y que puede ser descrito como "el deseo incestuoso del padre por el hijo" (también extensivo a la madre como primera seductora), se llegan a preguntar si el fantasma de pedofilia precede al fantasma de seducción del adulto por parte del niño. En este sentido concluyen que en el acto pedófilo este fantasma, en vez de permanecer reprimido por el yo como organizador de la vida psíquica, irrumpe rompiendo las fronteras entre la fantasía y la realidad y, consecuentemente, anulando y atacando las diferencias generacionales y sexuales.
Posteriormente, en el capítulo cuarto dedicado a la historia de la pedofilia C. Schinaia nos muestra, a partir de un recorrido a través de la historia desde la Antigua Grecia, cómo algunos comportamientos abusivos hacia los menores han formado parte de la historia de la humanidad, teniendo también que ser inscritos e interpretados dentro de un contexto socio-cultural determinado y de la cultura dominante. En este orden de cosas, nuestro autor comienza a preguntarse por cuáles han podido o pueden ser los factores de vulnerabilidad de los niños hacia el ataque seductor del adulto y concluye que: las carencias narcisistas, las separaciones familiares traumáticas y la fuerte idealización del adulto por parte del niño pueden ser algunos de ellos.
Más adelante, a lo largo del capítulo cinco dedicado a la pedofilia en el pensamiento psiquiátrico y médico, Paolo F. Peoloso y Cosimo Schinaia nos muestran (a través de la exposición de diversos casos clínicos) que la pedofilia no es una entidad nosológica, sino un término descriptivo que puede estar presente en diversas enfermedades psiquiátricas con diferentes organizaciones mentales. Posteriormente, a lo largo del capítulo seis y ocho C. Schinaia describe las diversas formas en que la perversión y la relación pedófila, respectivamente, han sido conceptualizadas desde el psicoanálisis. De entre todas las significantes contribuciones y aportaciones del psicoanálisis a la comprensión de la pedofilia (que se exponen y desarrollan a lo largo de los citados capítulos) cabría destacar algunas de ellas como generales y comunes a este cuadro clínico, más allá de que partamos de la base de que la pedofilia pueda dar cuenta de diferentes estados mentales y estructuras. De entrada, en todo acto de naturaleza pedófila podemos vislumbrar una necesidad por parte del pedófilo de sentirse poderoso y de defenderse de una relación en la que el objeto se muestre independiente. Siguiendo a C. Chabert, que coloca el origen de la emergencia de los deseos en las diferencias entre generaciones, el fantasma del padre pedófilo (que se opondría al fantasma de escena primaria y de castración) colocaría al niño en una posición central como objeto de fascinación y de deseo que, al mismo tiempo que reclama la exclusividad excluye la entrada del tercero y, consecuentemente, de cualquier otro objeto. Desde esta perspectiva, la ansiedad de castración podría considerarse una condición necesaria pero no suficiente para la emergencia de una organización mental pedófila, y requeriría del mecanismo de la sexualización para que ésta llegue a instalarse. La sexualización es un mecanismo de defensa que ha sido conceptualizado de forma diversa por diferentes autores. Para B. Joseph, por ejemplo, se trataría de un mecanismo primitivo que destruye la dimensión creativa de la mente como representante del tercero, o sea, de ese tercero que tendría la función de prevenir una colusión fusional. Por lo tanto, desde la perspectiva de esta autora la sexualización, consecuentemente, aplastaría la dimensión creativa presente en la sexualidad, oponiéndose a la individuación. Para otros autores como Balier, la sexualización escondería "una terrible ansiedad primaria de no existencia" y, para otros, como Chasseguet-Smirgel, representaría un ataque real a la mente y a los vínculos produciendo un mundo idealizado de confusión oral. Para esta autora, este mecanismo estaría al servicio de la negación radical de la diversidad y del impedimento de la articulación edípica de la experiencia y sexualidad. Para otros autores, la sexualización también puede funcionar como un "refugio psíquico" (siguiendo esta concepto de Steiner) que opere como un elemento de una estructura psicopatológica. Sin embargo, Balier -retomando los trabajos de Golberg y Masud Khan- lo considera, más que como un elemento de una estructura psicopatológica, como un mecanismo de defensa muy severo y particular que permitiría diferenciar la perversión de la perversidad.
En este orden de cosas, podríamos concluir que de entre las características inherentes a toda relación pedófila podríamos destacar como centrales las siguientes: la asimetría, la presencia de un sistema relacional cerrado y autorreferencial, la repetición monótona, y la compulsión al goce causante de la consecuente pérdida de libertad y creatividad.
Por último, creo que merece una especial referencia la cuestión del trauma en la historia y problemática del pedófilo, lo cual podría ser uno de los elementos que nos permitieran poder trabajar y comprender, que no justificar, a este tipo de pacientes. Como afirma C. Schinaia, se ha constatado que en la historia de los pacientes pedófilos existen disfunciones severas de la pareja parental, secretos familiares censurados a un mayor o menor nivel y trastornos de las relaciones tempranas. De la misma manera, se ha observado cómo muchos pedófilos han sido, a su vez, sometidos a traumas o abusos sexuales a lo largo de su niñez que, posteriormente, les pueden conducir a identificarse con el agresor -siguiendo este fecundo concepto de S. Ferenczi-. En este sentido, es interesante recalcar lo que señala C. Schinaia en cuanto a que la esencia del trauma consiste en poner al yo "fuera de acción", y que un trauma real es aquel que no puede ser transformado en una experiencia psíquica simbólica y debe ser discriminado del concepto de situación traumática que, a diferencia del trauma, sí puede ser experimentada posteriormente en la infancia y estar presente en la conciencia y en la narración autobioagráfica del paciente. En relación con esto, C. Schinaia también plantea que el trauma no tiene que pensarse necesariamente como un suceso externo inesperado, sino que hay que pensarlo en términos del vínculo intersubjetivo, así como pudiendo conformarse a partir de un conjunto de microfracturas traumáticas que, acumulativamente y con el paso del tiempo, pueden conducir a situaciones imposibles de elaborar. En relación con ello, también es importante poder tomar en cuenta las distintas variables que intervienen en el trauma como: la edad del niño que lo sufre, la frecuencia, duración, forma de abuso, la cualidad del entorno familiar, así como los factores internos y de personalidad del sujeto que lo padece, incluyendo su excitabilidad, sensibilidad al placer y dolor, y sus recursos personales. En relación con estos últimos es importante remarcar que los "teóricos del apego", como Peter Fonagy, reconocen que incluso en casos de traumas severos la función reflexiva y meta-cognitiva puede preservarse. Esta función reflexiva, que trata de ser puesta en marcha o construida en la relación analítica para elaborar las vivencias traumáticas sufridas, puede ser definida como la capacidad del individuo para representarse la naturaleza de sus estados mentales y los de los otros (lo cual en buena parte también depende de la capacidad de la figura materna para representarse los estados mentales del infante), y para encontrar sentido a los comportamientos propios y ajenos. Siguiendo esta línea de pensamiento, C. Schinaia afirma que: "Un buen uso de la función reflexiva puede permitir a una persona superar las consecuencias del trauma, dando sentido al comportamiento abusivo y, de esta forma, evitando la reproducción de los comportamientos violentos".
Finalmente, C. Schinaia nos alerta de la importancia de reconocer los traumas vividos por el paciente y de los riesgos de no hacerlo. "Si no distinguimos los aspectos de la realidad y ayudamos al paciente a diferenciarlos, podemos causar un efecto iatrogénico que favorezca la conceptualización de cualquier aspecto de la realidad como fantasía, e inhiba el proceso de conocimiento"- nos dice. Para este autor la dificultad de elaborar el trauma reside no sólo en los problemas emocionales del paciente, sino también en las dificultades relativas a los fantasmas inconscientes del analista. Para C. Schinaia el reconocer la importancia de los traumas precoces puede ayudar a crear y mantener un encuadre analítico en el cual, la paciencia y confianza en la importancia de una experiencia continente puedan ser generadoras de cambios deseables, en vez de que aparezcan sentimientos de derrota, previos incluso al comienzo de cualquier experiencia terapeútica.
Por todo lo expuesto, y para concluir, creo que este interesante libro es un referente no sólo para todos aquellos interesados en la pedofilia, sino también en las perversiones en general, así como en los factores traumáticos que las sostienen. Al mismo tiempo, pienso que se trata de un libro cuyo rigor científico y objetividad no impide el conservar y generar esperanzas para el trabajo con este tipo de pacientes tan sumamente complejos y difíciles.
Fdo: Mercedes Puchol Martínez © 2012
Madrid, 30 de noviembre del 2011.